26 de marzo de 2011

El encanto del erizo.

Me llamo Paloma. Tengo 11 años. Vivo en la calle Eugène Manuel, en París, en un piso de ricos. Mis padres son ricos, mi familia es rica y mi hermana y yo somos virtualmente ricas. Pero, a pesar de eso, a pesar de tanta suerte y tanta riqueza, desde hace mucho tiempo, sé que el destino final es la pecera. Un mundo donde los adultos chocan como moscas contra el mismo vidrio. Pero lo que es seguro es que a esa pecera yo no voy a ir. Es una decisión muy meditada. Al final del curso escolar, el día que cumpla 12 años, el 16 de junio, dentro de 165 días, me suicidaré.
Lo importante no es morir, ni a qué edad se muere, sino lo que se está haciendo justo en ese momento.
Si nada tiene sentido, el espíritu debe al menos afrontarlo.Pasar la vida como un pez en su pecera y acabar en una bolsa de plástico.Perseguir las estrellas. No acabar como un pez en una pecera.La relación de los adultos con la muerte es difícil, cuando es lo más trivial del mundo.
La señora Michel me recuerda a un erizo. Por fuera está cubierta de pinches, es una auténtica fortaleza. Pero pienso que por dentro es tan refinada como ese animal engañosamente indolente, tremendamente solitario y terriblemente elegante.

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